La mujer y la culpa en el trabajo

12 abril, 2010

Hoy son muchas las mujeres que por distintas razones tienen que cumplir con deberes y compromisos laborales, sabiendo que esto implica una “gran mochila”: dejar todo listo y resuelto en el hogar.
Por dar algunos ejemplos, humildemente se espera que cumplamos con la mayoría de las funciones de cuidado de los niños e integrantes de la familia. Funciones de Ministro de Economía: obtener las mejores inversiones a corto plazo con muy pocos recursos; Ministro de Educación: formar y educar, tarea que se realiza durante todo nuestro tiempo libre; Ministro de Transportes: trasladar a todos los integrantes de la familia y algunos que se invitan personalmente; Ministro de Salud: cuidar incluso hasta las distintas especies que han pasado a formar parte de nuestra familia, ardillas, conejos, perritos, etc.; Ministro de Obras Públicas: todo tiene que funcionar y estar en buen estado y así la lista se hace interminable.

Cumplir es la palabra clave

Con todo lo anterior, cumplir con las propias expectativas y las de quienes nos rodean es lo que nos lleva a sentirnos agobiadas, cansadas y culpables. Llenamos nuestras agendas con listas y listas de pendientes que no nos dejan respirar, entramos en un círculo vicioso, en el que nos sentimos incapaces de poder cumplir y satisfacer las necesidades de quienes amamos y nos sentimos culpables por ser malas madres. ¿Y entonces qué?… Pues bien, manos a la obra.
Necesitamos dar un giro a nuestras vidas y sentirnos más aliviadas y contentas. Para esto, lo primero que debemos entender de verdad es que NO SOMOS PERFECTAS. Necesitamos que nuestra pareja nos comprenda y nos ayude, necesitamos apoyo y manos que nos cooperen. ¿Qué le gusta hacer a él? Tal vez cocinar, tal vez salir con los niños para que nosotros vayamos tranquilas al supermercado, tal vez ir al cine. Como sea, recuerden nuestra frase célebre: LO PERFECTO ES ENEMIGO DE LO BUENO. Tenemos que tener claro que nuestros hijos deben conocer las fortalezas y debilidades de sus padres para poder reconocer en ellos mismos sus fortalezas y debilidades.
Segundo, tenemos que ORDENAR NUESTRA AGENDA y revisar nuestras prioridades. ¿Estamos anotando lo que es realmente importante o volvemos a caer en lo mismo? El tiempo es un gran recurso, pero tenemos que hacer buen uso de él. Recuerden cuando eran niñas y pasaban gran parte de su tiempo jugando. ¿Estaban llenas de actividades como están hoy sus hijos? Tenemos la idea de que para pasarlo bien debemos ocupar todo el tiempo posible con un sinfín de actividades. Pero así nadie puede respirar y, lo peor de todo, no queda tiempo para conocerse y estar con uno mismo. Por esto, permítanse tener tiempo libre para descansar, para estar en familia, para volver a mirar lo simple y lo cotidiano de la vida. Lograr un equilibrio entre la cantidad y la calidad es lo primordial, pero para eso necesitamos estar tranquilas y contentas con nosotras mismas.
Tercero, es fundamental revisar si nos sentimos realizadas con nuestra actividad. Si no es así, sería importante preguntarse: ¿qué cosas me realizan? Tal vez el cuidado de mis hijos, cocinar rico, preocuparme de mi salud y mi físico, en fin, buscar una actividad donde me sienta realizada. Muchas veces pensamos que darse un tiempo para uno es sinónimo de egoísmo, sobre todo si trabajamos gran parte del tiempo y sentimos que somos madres despreocupadas, que estamos abandonando a nuestros hijos. El tema es compatibilizar lo mejor posible nuestras propias necesidades con las necesidades de quienes queremos. Eso nos permitirá comprender también que ellos necesitan tiempo para sí mismos, que necesitan hacer cosas por sí solos, con las que se sientan contentos y enriquecidos. Hacer este análisis a modo de ejercicio nos permitirá tener una mayor conciencia de por qué hacemos lo que hacemos y, por lo mismo, una mayor claridad para priorizar lo importante y postergar lo secundario.
Necesitamos formar a nuestro hijos con la conciencia tranquila de que estamos haciendo lo mejor para ellos, de que estamos formándolos en el amor. Para eso debemos deshacernos de nuestras culpas y estar seguras que hacemos lo humanamente posible para ser madres buenas, madres presentes y madres formadoras. En este sentido, es fundamental poner límites claros en los que los niños se sientan contenidos y apreciados. En los que se les exija dar lo mejor de sí mismos. Su mejor esfuerzo en cooperación de un gran equipo: su familia. Recuerden: “LO PERFECTO ES ENEMIGO DE LO BUENO”.
Finalmente, creo que es importante -desde que formamos una familia- favorecer el trabajo cooperativo. Tenemos que ser visionarias e inculcar desde el principio el valor de cooperar con amor, para servir al otro y sentirnos felices por eso. Sobreproteger a nuestros hijos no permite crecer en el amor. Los hace egoístas, individualistas y tiranos con quienes lo rodean. Toda tarea se siente más liviana si se comparte, nos sentimos unidos por un mismo fin: ayudar, amar y valorar a nuestra familia.

Fuente: Paulina Lucherini, sicóloga. http://www.sonriemama.com/

Filed under: Mujer,trabajo

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