Hélène Berr: Escribir para no olvidar

16 julio, 2010

A sus 21 años, Hélène Berr (1921-1945) tenía todo lo que una jovencita parisina de la época hubiera querido: una familia bien constituida y económicamente solvente, asistía a clases de literatura inglesa en la Sorbona, trabajaba en la biblioteca de la universidad, donde leía a sus autores favoritos, tenía pretendientes y un grupo de amigos con los que tocaba o escuchaba música clásica, discutía sobre poesía y recorría sin preocupaciones las calles de París. Fue en ese contexto que inició este Diario (Anagrama, $ 27.000). Y es esa perfecta rutina burguesa la que está registrada en las primeras páginas. Cuando empezó a escribir, en abril de 1942, el nazismo ya se había dejado caer en buena parte de Europa, incluida Francia. Sin embargo, por lo que se deduce de sus escritos, Hélène parecía no tener conciencia de lo que ocurría a su alrededor. O quizás sí, y por lo mismo prefería evadirse escribiendo trivialidades. En su burbuja parisina, la amenaza del Tercer Reich se veía lejana. El hecho de ser ciudadana francesa, hija de un prestigioso empresario químico, le hacía creer que, pese a ser judíos, ella y su familia tenían inmunidad. Cuánto se equivocaba.

El primer golpe está consignado el 1 de junio de 1942, cuando Hélène menciona por primera vez la octava ordenanza alemana, que obligaba a todos los judíos mayores de seis años a llevar cosida en un lugar visible de sus ropas la estrella judía. A partir de ese momento su vida comienza a resquebrajarse. Debido a que tenía la estrella sólo prendada con alfileres a su chaqueta, arrestan y deportan a su padre a un campo de concentración.

Desde ahí, el relato se torna gris y vertiginoso. Mediante agudas observaciones, alternadas con delicados relatos de sus quehaceres cotidianos, describe el desmembramiento de su familia y su grupo de amigos, cuestiona la débil posición de la Iglesia frente al nazismo y desmitifica la resistencia francesa.

Pero el horror no la paraliza. Por el contrario, redobla sus esfuerzos para sostener su rutina de música y literatura y sumar a ello el trabajo voluntario con niños judíos que han quedado solos. También, para seguir llevando registro de todo esto en un relato tan tierno como estremecedor, que abarca hasta marzo de 1944 y que, como ella misma descubre hacia el final, tiene dos objetivos: “Está la parte que escribo por deber, para conservar recuerdos de lo que deberá contarse, y está la escrita para Jean (su novio), para mí y para él”.

El Diario de Hélène Berr es un valioso documento histórico y, al mismo tiempo, pudo ser el punto de partida de una brillante carrera literaria. Porque Hélène era una ávida y sensible lectora. Su diario está particularmente bien escrito. Sin embargo, al terminarlo, el lector comprende que eso es lo que menos importa.

Saludos, Coté.

Fuente: http://www.latercera.com/

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