El camino de 2.000 años de las dietas

17 enero, 2012

Nuestra preocupación moderna por la apariencia sólo ha hecho más popular la obsesión por ponerse a régimen, pero incluso los griegos clásicos luchaban por el cuerpo perfecto.

Era finales de 2009 y miles de personas en todo el mundo, incluso los conductores de noticiarios, se sorprendían con la portada norteamericana de la revista Glamour. Ahí aparecía desnuda Lizzie Miller, una bella modelo que impactaba por su pequeño “defecto”: no tenía el estómago plano y su flaccidez asomaba en la forma de un inesperado “rollo”.

¿Una modelo gorda? Cómo podía permitirse eso, se quejaron muchos, mientras otros celebraban que la figura de una mujer real por fin apareciera en las revistas. Al centro del debate, apoyándola o refutándola, estaba la desatada obsesión de nuestra sociedad por la delgadez extrema, promovida por la publicidad de la televisión y las revistas. Eso, según lo que sabíamos hasta ahora. Porque una nueva investigación de la escritora y académica de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido, Louise Foxcroft, revela que la preocupación por el cuerpo y por la máxima señal de su cuidado, las dietas, no son un invento nuevo, y que datan incluso desde hace miles de años.

Ya en el año 300 a.C. los griegos se preocupaban del exceso de peso, explica Foxcroft en su libro Calorías y corsets: una historia de las dietas, cuando Hipócrates señalaba que las personas debían consumir una dieta rica en comidas laxantes, correr un poco, trabajar mucho y vomitar después del almuerzo. Por supuesto, nadie en sus cabales recomendaría hoy algo así, a pesar de que los registros señalan que en ese tiempo la idea tenía un gran número de adeptos.

Foxcroft señala que si bien actualmente esta defensa del cuerpo perfecto se ha vuelto más sofisticada, sigue explotando, como en todas las épocas, lo que denomina “las vulnerabilidades de la gente”. “Siempre ha habido charlatanes y curas ‘antigordura’, y siempre los habrá, mientras haya un mercado para ellos. Simplemente, se reciclan y remodelan para encajar en los nuevos tiempos”, dice.

No es un asunto de mujeres

La semana pasada, una encuesta inglesa dio cuenta de algo sorprendente: en ese país, el 38% de los hombres creía ser capaz de sacrificar por lo menos un año de su vida con tal de obtener un cuerpo perfecto. Más aun, el 29% declaraba pensar en su apariencia por lo menos cinco veces al día.

Cifras como estas no hacen más que sacar a la luz algo que siempre ha ocurrido y que pocas veces se ha dicho de manera clara: las dietas nunca han sido un asunto sólo de mujeres, aunque sean ellas las que más sufren por la presión de mantenerse delgadas.

Hipócrates no sería el único hombre que practicaría y predicaría las bondades de mantenerse esbelto. De un hombre sería también el primer manual moderno de dietas, que data del siglo XV. En ese tiempo, el humanista italiano Bartolomeo Sacchi ya buscaba integrar lo que todos soñamos: el placer de la comida con el cuidado de la salud. Sin embargo, pocos hombres fueron tan persistentes o tan extremos como el poeta inglés Lord Byron.

En nuestro tiempo, Byron (1788-1824) hubiera sido una celebridad, y al igual que las que conocemos, su obsesión por verse bien todo el tiempo lo llevó a atentar gravemente contra su salud, ubicándolo muy cerca de la anorexia. En Cambridge, el poeta solía pasar días enteros viviendo sólo de agua, galletas de soda o papas remojadas en vinagre. Por supuesto, todas sus comidas debían terminar con leche de magnesia, para acelerar su digestión. Además, en verano usaba capas y capas de ropa de lana, para así sudar y perder grasa.

Foxcroft señala que esto se debe a que la apariencia siempre ha sido importante para hombres y mujeres, pero también a algo más. Desde el tiempo de los griegos, las personas con exceso de peso no sólo eran consideradas estéticamente deficientes, sino también moralmente reprochables. El exceso de peso era, para todos, una prueba del pecado de la lujuria y la glotonería, que los desviaba del camino de la pureza que se comenzó a perseguir sobre todo desde la Edad Media. Una prueba es la afirmación del médico Leonard Williams en su libro Obesidad, de 1926: “Que los hombres gordos son indolentes y estúpidos es un hecho bien reconocido”.

La dieta moderna

Desde el siglo XVIII la baja de peso dejó de ser una cuestión de “ojo” para convertirse en una rama científica. Hasta ese momento, señala Foxcroft, la gente se guiaba por la observación y la experiencia para saber qué cosas hacían ganar kilos. Muchas veces usaban ese conocimiento para saber con qué engordar más rápido a los animales.

Pero con la aparición de mediciones más exactas y de experimentos guiados, comenzaron a aparecer las dietas más específicas. De 1863 data una dieta rica en proteínas y baja en todo lo demás, quizás precursora de la hoy famosa dieta Dukan.

El cambio definitivo vino en 1929, con la aparición del libro Tu peso y cómo controlarlo, del doctor Morris Fishbein. Este médico impuso la preocupación por las calorías, señalándolas como la clave de la pérdida o ganancia de peso. De ahí en adelante, se perdería el respeto por el balance del que generalmente hablaban los tratamientos médicos, la delgadez pasaría a ser la obsesión de moda y el camino estaría libre para todo, desde chicles laxantes hasta dietas basadas en un solo macronutriente.

Foxcroft critica profundamente este estilo de vida. Después de todo, a pesar de que todos queremos perder peso para sentirnos mejor, no hay que olvidar, dice, que “la industria de las dietas tiene que ver siempre con la explotación y las ganancias”.

Lo importante es llevar un estilo de vida saludable y una dieta balanceada que nos aporte los nutrientes para vivir bien y lucir como queremos. Cariños, Mane.

Fuente: Tendencias de La Tercera

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